viernes 27 de enero de 2012

REVISITANDO A COLSADA (pasando revista-1)


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Fue a últimos de Agosto de 1981 que buscaba trabajo como bailarina. Una vez salí de mi primera opción que era Ciro’s, lo que más conocía, en la persona del director y artista Mel Castán, me fui a la diagonal a escasos metros a parar un taxi que me llevaría al Apolo.
Allí mismo pregunté, aunque estaba Lina Morgan en cartel, porque alguien me había comentado que buscaban chicas y efectivamente, me dijeron que hablase con la empresa Colsada. Bien recibida, unos días después, la capitana de ballet de Lina Morgan, me hizo y a otros compañeros, una chica y dos chicos, un casting en el escenario del teatro Apolo.
Al día siguiente me llamó personalmente el señor Ignacio Vidal, para ofrecerme el contrato en gira y el billete de tren a Alicante.
Mi  madre me decía que si aquel trabajo era top-less me volviese a casa. Pero yo le dije que nadie me había comentado nada de top-less, especialmente. También me transmitió su temor, porque aunque yo tenía 20 años, había estado en un mundo bastante complejo, una academia de ballet de barrio, con niñas y más niñas y muchas ilusiones que me habían aislado un poco de la realidad. Mi madre se preocupaba por desconocimiento y por lo tipico del los rumores y estereotipos, de algo que yo ansiaba conocer: la vida del teatro.

Al llegar al tren me encontré con E. L. (actualmente conocido en el teatro y la televisión por su trabajo en vestuario) y X, ellos eran amigos, venian de un esbart dansaire y más bien se reían de todo aquello, yo iba absolutamente sola y me lo tomé bastante en serio.
Tras ser recibidos en la estación nos llevaron al Hostal y por la tarde al ensayo.
El capitán del ballet era Collins, un tipo inglés muy simpático.
Recuerdo mi maillot fucsia, a juego con los calentadores…mis zapatillas de jazz dance perfectamente, el leotardo de punto cubriendo mis piernas y mi sorpresa al ver a las chicas para el ensayo.
Todos los maillots escotados, culos al aire, malla de rejilla y tacones, fumando despreocupados, parloteando….y cuando Collins pidió una colaboración para las coreografías de chicas, no se levantó nadie. Parecía que no había muchas ganas. Su gira se acercaba al fin y supongo que estaban cansados.
Fueron tres días de ensayo, donde todo mi mundo se volvió del revés.  Nunca había ensayado tan poco para hacer una representación. Me sentía en parte eufórica, expectante.
Si antes ya casi había colgado las zapatillas de puntas y el tutu pensando sólo en la moda del jazz dance que era lo que me gustaba a rabiar…entonces descubrí, yo que me tenía por patito feo, al cisne que había en mí. Ello con otra forma de bailar, sumergida en un mundo mucho más profesional y una prueba de vestuario que me devolvió en el espejo a una gran desconocida. Yo misma.
Sujetadores, collares de pedrería, pelucas, coronas…tacones ….malicias propias de coristas resabiadas…novatadas tendrían que llegar, siempre y aunque los otros 3 compañeros también eran catalanes, en completa soledad. No obstante Collins y su mujer y otra bailarina catalana, Rosa creo, que hizo una sesión top less con Enric Majó en una revista de destape, tambien Abel Alem y Maite, trabaron una cierta amistad conmigo y tuvieron el detalle de invitarme a cenar con ellos, entre funciones, cosa que siempre agradecí y que mucho recordé cuando vi a la Aguilera principiante en el nido de veteranas de la pelicula Burlesque.
En la prueba de vestuario Abel Alem me dijo: Nena cuando te vea Colsada….
Yo no entendí de que iba, bastante tenia en no caerme de los tacones, y debutar un poco insegura pero no negaré que como siempre, una vez pisado el escenario, totalmente crecida.
Cuando me vi en tanga….me sentí extraña pero no tenía tiempo para dedicarme a esas sensaciones, no era vergüenza, era poder. Pensé en mi madre, en mi padre y en la academia de ballet que había dejado atrás, y pensé que nadie en mi barrio estaría a la altura de saber donde me había metido, pero era tarde. Alguien había hecho correr la voz de que me había metido en la Revista y ello se hizo con aseveraciones malignas para herir a quien no  lo merecía, mi madre.
Parte de ese poder, lo llamaría simplemente ser una mujer. La que me tocaba ser a los 20. Una mujer que había permanecido escondida, tímida (aun creyendo firmemente que la timidez es la baza de un gran ego) y que pasaba desapercibida….hasta, claro…lo del tanga, el sostén de pedrería y las pestañas postizas.  Durante mucho tiempo, nadie me recordaba…hasta que yo no iniciaba la conversación. Hablaba poco, y sin embargo, como en tantas veces me ha sucedido he tenido que escuchar que no se me reconocía de calle a artista, siendo que entonces en el escenario, encontraba mi puesto, en la memoria de los demás.
Efectivamente a los tres días, tenía entre cajas al empresario Matías Colsada, curioseando por lo del rumor de la nueva…pero no cruzamos palabra. Estaba aun asimilando todo aquello. No sin algunas bromitas por parte de las veteranas que se adelantaban a algunos pasos en canon…para hacerme equivocar pero que poco a poco, como todo…fuimos superando.
Estuvimos pasando del teatro Principal de Alicante al Teatro Circo de Cartagena y de ahí fuimos a Zaragoza. No sin antes preparar un número nuevo que montó el también gran compañero Peter Smith. El número era una habanera y compartía la escena con Abel Alem y una chica de ojos preciosos llamada Erlinda. Luego me enteré de que las otras chicas españolas no eran bailarinas, cosa que me sorprendía teniendo en cuenta el casting que nos habían hecho en Barcelona, con doble pirouette y demás base técnica.

1981 teatro Victoria
En Zaragoza, a nadie se le había ocurrido avisarme de que había que reservar plaza en alguna pensión y me encontré poco menos que sin lugar donde ir a parar, a no ser por la mujer de Collins que me avisó de que mirase en una de aquellas pensiones del Tubo, que recuerdo, de principio a fin, oliendo a fritura de calamares de los bares, y a sucio, rancio y podrido de los patios de luces de aquella zona.
Al fin encontré habitación que compartir con una señora desconocida, que tenía a su hija ingresada en el Hospital.
Lo de la pensión debió marcarme pues a veces aun sueño con ella. La habitación helada, las baldosas del suelo sueltas, las cucarachas  y el dificil recorrido hasta la ducha caliente que se pagaba aparte. Y los gatos, decenas de gatos, mirándome fijamente desde el solar húmedo y lleno de trastos de aquella manzana.
En el teatro Fleta viví sesiones memorables, pues si bien creo que la jota a representar tenia ciertas deficiencias y a mí no me gustaba nada hacerla, lo cierto es que Tania Doris ponía al teatro, absolutamente lleno, en pie.
Fue allí donde alguien de la compañía, me invitó a cenar entre funciones, lo típico de un plato combinado aunque algunas veces me habia quedado en el camerino porque no dormia bien al fin y al cabo compartiendo habitación con una total desconocida, y me preguntó, que más bien parecía un interrogatorio preparado, por mis aspiraciones artísticas. Yo sólo quería bailar, trabajar y aprender. Creo que lo conseguí.
Más adelante al final de esos pocos dias, tanto Luis Cuenca como Ignacio Vidal, me dieron su palabra de que a la próxima revista tendría trabajo. Y ello me gustó. De ambos me despedí, en la última función del Fleta, acabando el Pilar, con una escueta muestra de gratitud,  unas palabras, como siempre he sido con quienes confían en mí; sincera y contenta.
El sabor que me queda de todo aquello es la mezcla de la candidez que me caracterizaba y un salto abismal entre la que yo era antes y después de Agosto de aquel año. Y el principio, a pesar de que ya llevaba casi 3 años  siendo bailarina en los shows de Ardevol, de una profesión.
No tengo ninguna foto de aquella época, porque el fotógrafo del Teatro Circo de Cartagena no me las trajo a tiempo. Fotos fascinantes donde vestirse de rusa….de plumas y estrass…incluso de alga en aquella presentación que supuso para mi actuar en  la “Reina soy del mar” aunque lo que más recuerdo es el latido de mi corazón y aquella sensación que he comentado antes, de poder, porque afirmo que jamás pisar el escenario ni mi trabajo me ha producido nervios….mientras colocada en escena, y en primera fila sin poder mirar ni de reojo a nadie….se empezaba abrir la cortina….y balbuceaba “somos”…las chicas alegres….que trajo Colsada….para quitarles el mal humor.
Todo sirve, es indudable, y Peter Smith, al que siempre he guardado un aprecio ya que se dio cuenta de lo mucho que me importaba este trabajo, me llamó para el spot de Freixenet, de aquel año, donde actuaba Gene Kelly. Había allí otra Carol Figueras, bailarina de ballet en el instituto del teatro, más no volví a saber  de ella.
Era 1981, y la vida a pesar de las circunstancias traumáticas, impensables, que me llevaron a abandonar mi cómodo y pequeño mundo del ballet en el barrio, era maravillosa.